Segundo largometraje dirigido por Manuel Summers y un paso adelante en su manera de narrar y desarrollar sus historias. En esta ocasión, construye un retrato realista y costumbrista de un pueblo español en el que resulta prácticamente imposible que una pareja joven pueda mantener una relación normal. La novia (María José Alfonso) se ve condenada a encadenar un luto perpetuo, riguroso y carcelario cada vez que fallece alguno de sus familiares, mientras su pobre prometido (Alfredo Landa) espera desesperadamente a que llegue el momento de poder casarse. La idea, terrible en su sencillez, podría considerarse una especie de versión española de La Casa de Bernarda Alba mezclada Esplendor en la hierba. Summers la desarrolla a través de un drama profundamente triste, en el que de vez en cuando asoma el humor y en el que también tienen cabida ciertos experimentos formales que, personalmente, me parecen lo menos interesante de la propuesta. Sin embargo, lo verdaderamente valioso es su demoledora mirada sobre la realidad de un país sometido no solo a una dictadura política, sino también al férreo control de una Iglesia católica que parecía tener carta blanca para imponer sus normas, dictar la vida de los ciudadanos y putear a los jovenes. Una visión crítica y nada complaciente de la sociedad española de la época que hace todavía más difícil entender que, años después, se llegara a calificar a Summers de franquista.






