Personalmente, una de mis películas favoritas, que situaría sin dificultad en mi top ten personal y, además, una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Firmada por un autor que, a mi juicio, todavía no recibe el reconocimiento que merece: Henri-Georges Clouzot. Uno de esos cineastas situados en una posición incómoda dentro de la historia del cine. Llegó demasiado tarde para ser incluido entre los grandes maestros clásicos del cine europeo y demasiado pronto para ser considerado uno de los renovadores que transformarían el lenguaje cinematográfico en las décadas posteriores, quedando atrapado en una especie de tierra de nadie crítica que nunca terminó de favorecerle. Sin embargo, su filmografía está repleta de títulos memorables, y aquí constituye una de sus cumbres creativas.
Este thriller, basado en una novela de Georges Arnaud, ha sido objeto de varios remakes —el último, producido por Netflix, verdaderamente infumable (ya escribiré sobre él próximamente)—. La película narra la odisea de un grupo de desheredados, pobres y marginados que malviven en un país latinoamericano. Interpretados por un extraordinario reparto multinacional encabezado por Yves Montand, el inolvidable Charles Vanel, Peter van Eyck y Folco Lulli, aceptan una misión prácticamente suicida: transportar camiones cargados de nitroglicerina a través de unas rutas infernales donde cualquier error puede desencadenar una catástrofe, con el fin de conseguir el dinero suficiente que les permita huir de la miseria que los atrapa.
Inteligentemente, Clouzot dedica cuarenta y cinco minutos de metraje a mostrar a los personajes y su entorno para, posteriormente, empezar a manejar el suspense de manera magistral e implacable. Todo ello mediante una sucesión de secuencias construidas con una precisión casi quirúrgica, que demuestran un dominio del montaje verdaderamente excepcional. En cierto sentido, su cine resulta cercano al de Hitchcock por su capacidad para generar una tensión constante, aunque al mismo tiempo se aleja de él al poseer una personalidad propia mucho más seca, áspera y desesperanzada. Destaca además el fascinante uso del sonido a lo largo del metraje. A pesar de ser una película rebosante de tensión, la banda sonora musical solo aparece durante los títulos de crédito iniciales y finales. Es una decisión que evidencia la absoluta confianza de Clouzot en la fuerza de las imágenes y en un extraordinario diseño sonoro, capaz de convertir cada ruido, cada motor y cada crujido en una fuente de angustia.
Poco más puede decirse de una película tan inmensa, que sigue siendo, décadas después de su estreno, una obra maestra mayestática, una lección de dirección y de suspense que conserva intacta toda su fuerza. Revisitarla tras contemplar el absurdo remake de Netflix no hace sino confirmar aún más su grandeza como título emblemático del mejor cine jamás rodado.

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