Quinta película de la saga "Torrente", iniciada hace ya casi treinta años. En ella se aprecia, por un lado, la intención de Santiago Segura de realizar una película con la que retratar la situación del panorama político actual del país...Que ahí queda, en intención. El problema es que, en estos treinta años, la profunda transformación que ha sufrido la estructura de la nación y, sobre todo, las limitaciones que impone lo políticamente correcto a la libertad de expresión de muchos artistas acaban afectando incluso al cine del propio Segura que aquí , se ha dulcificado, ha perdido la fuerza y la mala baba que tenía en los films precedentes.
Comparada con la primera, que sigue siendo, sin duda, la mejor, esta tardía secuela queda muy lejos de aquella. Aun así, durante su primera mitad funciona bastante bien o, al menos, a mí me hace reír con sus chistes de mal gusto y con ese retrato burdo, pero en cierto modo acertado, de algunos de los mecanismos de funcionamiento de la clase política actual.
Afectada por el "Síndrome del cameo", su problema llega cuando la película intenta ir más allá y deriva hacia una trama (típica y tópica) de thriller conspiranoico. Ahí pierde muchísimo fuelle e interés, dejando además en evidencia a Segura como un realizador tan correcto como poco elaborado en el apartado visual. En una película que parece querer quedar bien con todo el mundo, pese a que, en teoría, pretendía ejercer como una sátira especialmente dirigida hacia la derecha más conservadora. Sin embargo, esa intención se contradice con la presencia, sin el menor reparo, de personajes como Mariano Rajoy, Bertín Osborne, Juan del Val o Pablo Motos, cuya aparición termina por diluir cualquier carga crítica hacia la derecha rancia.
La sátira se queda en algo demasiado superficial y tontorrón, en una película que va perdiendo progresivamente su fuerza crítica y que resulta extraordinariamente políticamente correcta. Ya no hablemos del erotismo o de los elementos sexuales, prácticamente castrados en esta producción, ni de la acidez que uno —iluso de mí— esperaba encontrar. Al final, estamos ante una película que termina desmoronándose como un azucarillo en el café.

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