Uno de los títulos más míticos en la filmografía de Richard Quine, que además volvió a reunir ese mismo año a James Stewart y Kim Novak. La trama nos traslada al enamoramiento de una bruja joven y atractiva (una hipnótica Kim Novak) que se encapricha de su vecino (Stewart) y decide recurrir a sus sortilegios para conseguir su amor incondicional. Rodada con una elegancia soberbia, la puesta en escena logra que la cámara parezca bailar con los actores en una coreografía de planos refinada y fluida. Aunque la propuesta pueda parecer sencilla a primera vista, cuenta con un guion impecablemente tramado y un desenlace profundamente romántico. La mirada de Quine resulta siempre precisa, casi musical, regalándonos además instantes de puro cine fantástico, ademas de contar con un grupo de secundarios (Elsa Lanchester, Jack Lemmon) verdaderamente inolvidables.
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