Primer título de la trilogía de Sabata, dirigida por el italiano Gianfranco Parolini bajo el pseudónimo de Frank Kramer, cuyo éxito propició dos continuaciones: la siguiente, protagonizada por Yul Brynner, y una tercera que recuperaría de nuevo a Lee Van Cleef que encarna aquí a un pistolero imperial e intratable que se ve envuelto en la negociación de un dinero robado, acompañado por una peculiar cuadrilla formada por un mexicano borrachín, un indio saltimbanqui y un antiguo compañero de aventuras aficionado al banjo. Una galería de personajes delirantes que anticipa la deriva cada vez más paródica que tomaría el spaghetti western en sus posteriores derivaciones. Irregular de ritmo y algo escasa de guion, pero siempre entretenida, la película apuesta decididamente por el exceso y el disparate, con situaciones y personajes que rozan el absurdo. Parolini abusa de los zooms, hasta convertirlos casi en una marca de estilo, aunque aquí terminan teniendo su encanto. Por momentos, Sabata parece una versión latina y desquiciada de la televisiva The Wild Wild West, reforzada por la música casi paródica de Marcello Giombini y los deliciosos gadgets ideados por Carlo Simi. Un spaghetti western juguetón, extravagante y consciente de sus propios excesos, que encuentra precisamente en ellos buena parte de su gracia.

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