Típico producto ochentero en apariencia (con canciones y aroma videoclipero) que sin embargo, se muestra en la actualidad como una película sorprendentemente visionaria. Su argumento —un triángulo amoroso entre un joven arquitecto, su vecina violinista y el ordenador personal del primero— anticipa con lucidez los dilemas emocionales y éticos que surgirían décadas después con la inteligencia artificial. Con un tono que combina la comedia romántica, la fábula tecnológica y el drama existencial, el film refleja el optimismo digital de los años 80 con una mirada melancólica. Sin alcanzar la profundidad y a la vez siendo muy directa su encanto reside precisamente en su ingenuidad y su capacidad para humanizar lo tecnológico.

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