
Rodada con una profusión de medios inusual en esa etapa de su carrera (y las posteriores), Una serie B (que para él debió ser una superproducción) convertida en el mejor film de su autor en esos años, que construye una versión dignísma del célebre asesino Londinense -encarnado aquí por un acertado y perturbado Klaus Kinski- Franco demuestra que cuando quería, lo dejaban y tenía medios mínimos era capaz de rodar notables y convincentes films, como los de los primeros años de su larguísima carrera (pienso en los fabulosos "Gritos en la Noche" o Miss Muerte", con lo que comparte elementos esta película), con sentido del espacio, una cámara que sabía encuadrar lo precioso y abandonando los horribles zooms marca de fábrica.Lástima que su marginación y enfermiza tendencia al rodaje constante lo llevara a ser un destajista en el que la cantidad primó sobre la calidad
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